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“… Porque los 36 trabajos
se imponen por si mismos. Están ejecutados con una perfección
técnica como pocas veces se puede observar en el medio artístico
nacional. Sin duda que esa maestría proviene de un rigor interior
y de una práctica constante, un especial con el grabado. Eso le
otorga a cada composición una precisión en el encuentro
de superficies planas, en el manejo de la sustancia pictórica de
una rica variedad de matices y texturas, en la articulación de
cuadros dentro del cuadro, en los buscados desniveles de los polípticos.
Una unidad recorre el conjunto. Desde la matérica impostación
inicial, la fragmentación de la imagen con la incorporación
de la serigrafía en 1979 y la aceptación de los códigos
del pop-art en 1981. Fue en ese tiempo que la creatividad de Casterán
pareció más fértil en un intento de atrapar la realidad
conflictiva de una sociedad en violenta transformación y los ya
asimilados presupuestos de la tradición de lo nuevo.
En retroperspectiva quizás algunos le puedan reprochar la fidelidad
a un estilo, a un aislamiento de los referentes inmediatos tan cambiantes
de los últimos años. El observador atento podrá constatar,
sin embargo, que el neoconceptualismo de Casterán problematiza
la pintura misma con una lección pictórica, en una tensión
refinada entre materia, signo y representación.”
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