| |
La
obra de un artista supone un despliegue en el tiempo y un lugar en el espacio.
Una muestra retrospectiva como la que hoy inaugura el Edificio Libertad
que nos alberga, reúne en una convergencia pedagógica los
dos parámetros: el temporal y el espacial.
La producción de Casterán que tenemos aquí, ante nosotros,
cubre 15 años de trabajo. Ha sido vista en sucesivos tramos en instancias
previas, o en la circulación de sus piezas que la mecánica
del arte opera en el cuerpo social.
La pedagogía proviene de lo que nos dice esta obra. Si el lenguaje
plástico constituye un código coherente, estas creaciones
dicen, como toda lengua, dos cosas.
En primer lugar, de que temas nos quiere hablar el artista.
En un segundo lugar, como ha evolucionado la manera, el estilo, con el cual
nos habla.
Casterán se muestra desde sus primeros intentos – estos Cuadrados
coloreados – como sujeto parlante de la abstracción. La realidad
que le interesa, el mundo que nos quiere comunicar, es el de las formas,
las formas abstraídas del campo sensorial por el mecanismo de la
intelección. El artista se asomó al mundo contingente de los
sentidos y elaboró ideas, conceptos que provienen de lo visto pero
ya no son lo visto. Nos entrega no las cosas sino las relaciones entre las
cosas y entre las cosas y la conciencia del observador. En lugar del ángulo
y del plano, el movimiento de la línea y el color capaces de traducir
interacciones, afinidades o rechazos.
Los cuadrados configuran una partición del plano y una adjudicación
del color según un criterio. Este criterio es, básicamente
lo pintado. Así, en el homenaje a Torres, la densidad cromática
no importa. Esa oscuridad que devora la luz y aparentemente dificulta el
goce del color nos dice que en esa obra es la relación de las formas
coloreadas, que integran el plano, el reducto sustancial de la pintura.
Los “cuadrados coloreados” propone la reiteración de
una forma. Ese damero policromo desemboca en la idea del módulo,
es decir, de una unidad que se repite para crear. Como en la célula
se genera el tejido del mundo biológico, en arte el módulo
compone, construye.
Esta vocación compositiva tiene en Casterán una articulación
lateral significativa por su ejercicio del arte gráfica. La fecundante
vecindad del diseño y la tinta permite a Casterán usar los
mecanismos de la fotografía y la fotomecánica para resolver
con ellos su necesidad de manejar un vocabulario de voces coherentes. Son
voces que repiten, como ritmos, reiteran en el plano formas para expresar
vinculaciones que hacen vecinas o divergentes a las cosas.
Desde este punto de vista el lenguaje plástico de Casterán
se apoya en una constante que a lo largo de la retrospectiva presente es
transparente. Bajo la diversidad externa de la anécdota se reconoce
la fidelidad al concepto que subyace. La reiteración de los cuadrados
es la misma que reitera un rostro o multiplica las hojas de plátano.
De este friso ordenado lo que importe es, precisamente el orden, no los
elementos, rostros, cuadrados u hojas, con los cuales se construye o expresa
el concepto.
Detrás de este método se oculta el rigor, se disimula la persistencia
de un principio. En un sentido amplio, la confianza en el camino conceptual
escogido y su aplicación.
De allí se deduce este permanecer igual a sí mismo a lo largo
del tiempo. Pero una igualdad que se advierte por debajo de la apariencia
exterior cambiante de las obras. Hojas, rostros o formas geométricas
silabean el mismo código. Sin modificarlo, hablan, se mueven porque
no cambian, para aludir el aforismo machadiano. Progreden. La progresión
que encarnan estas obras es la de un movimiento esencial, el de una acción
ideal. Abandonado el camino de la doxa, se orientan por la vía del
nus. Parodiando a Vaz Ferreira, encarnan una acción que es mucho
más acción bajo su aparente inmovilidad.
El movimiento que aludimos no es el juego cinético, obviamente. Pero
si observamos las obras que penden ante nosotros no están estáticas.
Se mueven, se han movido desde un comienzo hacia un objetivo, regidas por
un conjunto de normas que valen con la coherencia de un lenguaje.
Volvamos ahora a la naturaleza de los vocablos que integran este lenguaje.
Podemos advertir que es fácil asociarlos a la página impresa.
Con docilidad se pliegan al mundo de las noticias, del anuncio. Algo habla
de ellos con la entonación del cartel, del afiche y hasta con la
jerga del comic. Resulta transparente que Warhol se interpuso en el camino
de Casterán. Pero más que la natural y acostumbrada influencia
convendría interpretar este encuentro como el de dos vecinos de un
mismo mundo compartido. Warhol y Casterán pertenecen a la modernidad
y, fatalmente, debían tropezar en alguna esquina del cosmos.
Vale la pena detenerse en esta propuesta. Casterán refleja los signos
del mundo de la comunicación. La tecnología de los mass-media
se abre camino en su obra. La foto, el signo gráfico, la regularidad
de lo componibles, el diseño como pauta ordenadora son referencias
habituales.
Enumerar sin detenerse estos datos que aluden a la presencia fáctica
de lo que sucede, son rasgos de la civilización de la imagen. Muestran
a Casterán comprometido con el mundo actual, con su tiempo.
No importa cual sea la sustancia anecdótica de sus obras. Las hojas
de plátano repetidas no importan como hojas. Funcionan como cristalizaciones
del facsímil. Hablan de la mecánica industrial en su sentido
más nuevo y radical. Todo sucede a la vez y para todos. En la aldea
planetaria no hay singularidades no compartibles. El satélite, el
fax, la pantalla de la TV convierten el living en platea del universo. Cada
hombre, dondequiera que esté, tiene ante sí el flujo temporal
más remoto como su propio hoy. El muro no cae en Berlín. Es
derribado en Hong Kong, Montevideo y Río. El mismo muro, reiterado
y repetido es el efectivamente el mismo.
Hay infinitas paralelas dado el punto y la recta de las geometrías
no euclidianas.
Desde los cuadrados coloreados hasta el gigantesco políptico que
se mueve desde los grises de la izquierda hacia las hojas de plátano
ordenadas; desde el rostro de Freud sobreimpreso por imágenes que
rescatan al padre y al niño que fue Freud, todo coronado por la mancha
geométrica concéntrica como el foco de la conciencia, Casterán
no ha dejado de pintar ideas, conceptos, relaciones abstractas.
Su lenguaje opera con las afinidades y rechazos que permiten lo deducible
o lo impugnable. Su lenguaje si fuera música debería ser definido
a partir no solo del sonido sino también del silencio. Habría
que decir que si fuera música la melodía estaría entre
las notas, en ese lugar geométrica donde la interválica mezcla
el espacio en el devenir temporal.
Casterán pinta relaciones entre las cosas. Su pintura se mueve por
este sesgo que, lo sabemos, define al arte. Su pintura habita entre las
cosas como la música entre las notas y la poesía entre las
palabras. |
|