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“PINTURA DIALÉCTICA” Hugo García Robles

Presentación de la muestra retrospectiva de Jorge Casterán, Edificio Libertad, Presidencia de la República Oriental del Uruguay

 
  La obra de un artista supone un despliegue en el tiempo y un lugar en el espacio. Una muestra retrospectiva como la que hoy inaugura el Edificio Libertad que nos alberga, reúne en una convergencia pedagógica los dos parámetros: el temporal y el espacial.
La producción de Casterán que tenemos aquí, ante nosotros, cubre 15 años de trabajo. Ha sido vista en sucesivos tramos en instancias previas, o en la circulación de sus piezas que la mecánica del arte opera en el cuerpo social.
La pedagogía proviene de lo que nos dice esta obra. Si el lenguaje plástico constituye un código coherente, estas creaciones dicen, como toda lengua, dos cosas.
En primer lugar, de que temas nos quiere hablar el artista.
En un segundo lugar, como ha evolucionado la manera, el estilo, con el cual nos habla.
Casterán se muestra desde sus primeros intentos – estos Cuadrados coloreados – como sujeto parlante de la abstracción. La realidad que le interesa, el mundo que nos quiere comunicar, es el de las formas, las formas abstraídas del campo sensorial por el mecanismo de la intelección. El artista se asomó al mundo contingente de los sentidos y elaboró ideas, conceptos que provienen de lo visto pero ya no son lo visto. Nos entrega no las cosas sino las relaciones entre las cosas y entre las cosas y la conciencia del observador. En lugar del ángulo y del plano, el movimiento de la línea y el color capaces de traducir interacciones, afinidades o rechazos.
Los cuadrados configuran una partición del plano y una adjudicación del color según un criterio. Este criterio es, básicamente lo pintado. Así, en el homenaje a Torres, la densidad cromática no importa. Esa oscuridad que devora la luz y aparentemente dificulta el goce del color nos dice que en esa obra es la relación de las formas coloreadas, que integran el plano, el reducto sustancial de la pintura.
Los “cuadrados coloreados” propone la reiteración de una forma. Ese damero policromo desemboca en la idea del módulo, es decir, de una unidad que se repite para crear. Como en la célula se genera el tejido del mundo biológico, en arte el módulo compone, construye.
Esta vocación compositiva tiene en Casterán una articulación lateral significativa por su ejercicio del arte gráfica. La fecundante vecindad del diseño y la tinta permite a Casterán usar los mecanismos de la fotografía y la fotomecánica para resolver con ellos su necesidad de manejar un vocabulario de voces coherentes. Son voces que repiten, como ritmos, reiteran en el plano formas para expresar vinculaciones que hacen vecinas o divergentes a las cosas.
Desde este punto de vista el lenguaje plástico de Casterán se apoya en una constante que a lo largo de la retrospectiva presente es transparente. Bajo la diversidad externa de la anécdota se reconoce la fidelidad al concepto que subyace. La reiteración de los cuadrados es la misma que reitera un rostro o multiplica las hojas de plátano. De este friso ordenado lo que importe es, precisamente el orden, no los elementos, rostros, cuadrados u hojas, con los cuales se construye o expresa el concepto.
Detrás de este método se oculta el rigor, se disimula la persistencia de un principio. En un sentido amplio, la confianza en el camino conceptual escogido y su aplicación.
De allí se deduce este permanecer igual a sí mismo a lo largo del tiempo. Pero una igualdad que se advierte por debajo de la apariencia exterior cambiante de las obras. Hojas, rostros o formas geométricas silabean el mismo código. Sin modificarlo, hablan, se mueven porque no cambian, para aludir el aforismo machadiano. Progreden. La progresión que encarnan estas obras es la de un movimiento esencial, el de una acción ideal. Abandonado el camino de la doxa, se orientan por la vía del nus. Parodiando a Vaz Ferreira, encarnan una acción que es mucho más acción bajo su aparente inmovilidad.
El movimiento que aludimos no es el juego cinético, obviamente. Pero si observamos las obras que penden ante nosotros no están estáticas. Se mueven, se han movido desde un comienzo hacia un objetivo, regidas por un conjunto de normas que valen con la coherencia de un lenguaje.
Volvamos ahora a la naturaleza de los vocablos que integran este lenguaje. Podemos advertir que es fácil asociarlos a la página impresa. Con docilidad se pliegan al mundo de las noticias, del anuncio. Algo habla de ellos con la entonación del cartel, del afiche y hasta con la jerga del comic. Resulta transparente que Warhol se interpuso en el camino de Casterán. Pero más que la natural y acostumbrada influencia convendría interpretar este encuentro como el de dos vecinos de un mismo mundo compartido. Warhol y Casterán pertenecen a la modernidad y, fatalmente, debían tropezar en alguna esquina del cosmos.
Vale la pena detenerse en esta propuesta. Casterán refleja los signos del mundo de la comunicación. La tecnología de los mass-media se abre camino en su obra. La foto, el signo gráfico, la regularidad de lo componibles, el diseño como pauta ordenadora son referencias habituales.
Enumerar sin detenerse estos datos que aluden a la presencia fáctica de lo que sucede, son rasgos de la civilización de la imagen. Muestran a Casterán comprometido con el mundo actual, con su tiempo.
No importa cual sea la sustancia anecdótica de sus obras. Las hojas de plátano repetidas no importan como hojas. Funcionan como cristalizaciones del facsímil. Hablan de la mecánica industrial en su sentido más nuevo y radical. Todo sucede a la vez y para todos. En la aldea planetaria no hay singularidades no compartibles. El satélite, el fax, la pantalla de la TV convierten el living en platea del universo. Cada hombre, dondequiera que esté, tiene ante sí el flujo temporal más remoto como su propio hoy. El muro no cae en Berlín. Es derribado en Hong Kong, Montevideo y Río. El mismo muro, reiterado y repetido es el efectivamente el mismo.
Hay infinitas paralelas dado el punto y la recta de las geometrías no euclidianas.
Desde los cuadrados coloreados hasta el gigantesco políptico que se mueve desde los grises de la izquierda hacia las hojas de plátano ordenadas; desde el rostro de Freud sobreimpreso por imágenes que rescatan al padre y al niño que fue Freud, todo coronado por la mancha geométrica concéntrica como el foco de la conciencia, Casterán no ha dejado de pintar ideas, conceptos, relaciones abstractas.
Su lenguaje opera con las afinidades y rechazos que permiten lo deducible o lo impugnable. Su lenguaje si fuera música debería ser definido a partir no solo del sonido sino también del silencio. Habría que decir que si fuera música la melodía estaría entre las notas, en ese lugar geométrica donde la interválica mezcla el espacio en el devenir temporal.
Casterán pinta relaciones entre las cosas. Su pintura se mueve por este sesgo que, lo sabemos, define al arte. Su pintura habita entre las cosas como la música entre las notas y la poesía entre las palabras.
 
 
Hugo García Robles
 
 

> Texto Miguel Battegazzore

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