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La labor de la crítica de arte
consiste en esencia en delinear una escala de valores, estableciendo pautas
de entendimiento, dentro de un proceso creador, como el presente, complejo,
vertiginoso, agitado. En el intenso fluir del movimiento plástico
nacional de 1979, Jorge Casterán (35), emerge con particular relieve.
Su excelente muestra de la Alianza Uruguay
– Estados Unidos, se organiza por conjuntos, integrados en general,
con cinco telas, entre las que se entablan, tensiones e interrelaciones,
que se complementan y enriquecen recíprocamente, desembocando en
una imagen del mundo de verdadera vigencia. “Cada una de las telas
aisladas –afirma Casterán- ofrece planteos parciales, que
alcanzan su óptima expresividad, en la continuidad de la secuencia”.
Alterna
en dichos conjuntos, el enfoque figurativo, cuya matriz es fotográfica,
ya sea dada en positivo o negativo, con zonas abstractas, resueltas en
bandas verticales y otras valorizadas en base a la rica y densa textura.
Para ello recurre a un verdadero “collage” de pasta acrílica
blanca. Incorpora como técnica el aerógrafo. Hasta aquí
lo meramente descriptivo. A través del manejo eficaz de esta compleja
gramática, asocia dos fenómenos específicos de nuestra
época: el sentimiento que embarga al hombre actual, de lo efímero
de las cosas, y en un plano más profundo, de la caducidad de la
existencia, y al mismo tiempo, como respuesta, el intento desesperado
de rescatarlas de aquel destino.
Tal tendencia se acusa en muchos pintores del siglo XX, desde Scwitzer
en adelante, pasando por los “combine-paintings” del norteamericano
Rauschenberg, categoría a la que adhieren numerosas obras de artistas
contemporáneos.
Ahora Casterán recurre al estilo que se vincula al vasto material
imaginistico que nos rodea en la ciudad moderna, el cartel callejero,
o afiche publicitario, de genealogía Pop. A partir de ese enfoque,
pinta con insistencia un rostro femenino, de su circulo de afectos, al
que por momentos sume en la indefinición de las pastas exuberantes,
con lo que parece querer adicionar a la tela, la reminiscencia de un pasado
imaginario, que el objeto moderno no posee. Opera así una síntesis
entre la experiencia vital y tiempo pasado.
Dentro de la historia personal de Jorge Casterán, la muestra de
la Alianza señala un salto, desde sus primeros trabajos exhibidos
en Galería Aramayo. En aquellos dominaba el enfoque eminentemente
gráfico. Hoy en cambio hay un despliegue de elementos estrictamente
pictóricos.
En ese regodeo por la textura abigarrada, de modo paradójico realiza
el joven pintor un desafío a la muerte, al incesante desgaste y
obsolescencia de todo el entorno humano, que prevalece en la sociedad
de consumo. Todavía no podría decirse que Casterán
ha alcanzado la formulación de un lenguaje de absoluta originalidad,
pero sus obras constituyen un despliegue de sensibilidad y belleza, de
armonía y equilibrio, de calidez y austeridad cromática.
Ha alcanzado ese nivel -ese “universo sin ocaso”- que es la
obra de arte, por su talento indiscutible. Es dentro del medio local un
diseñador-gráfico notable. Múltiples trabajos de
su autoría, en el campo del diseño de portadas de libros
y catálogos, respaldan la afirmación. En los últimos
años se ha abocado además a la ejecución de murales,
entre los que se destacan: BANFED, Montevideo, 1977; Industrias Fotográficas
del Plata, Montevideo, 1977; Edificio Cap Sa Sal, Punta del Este, 1978;
y en proyecto, Edificio “Seaside”, Punta del Este.
Casterán ha intuido la afirmación de Erwin Panofsky, uno
de los historiadores del arte más singulares del siglo XX , de
que “las artes más vivas y actuales son: el cine, el comic
y el diseño gráfico”. Sobre ese presupuesto ha incorporado,
fotografía mediante, a la pintura (lenguaje que parecía
languidecer por meandros acendradamente individualistas) las conquistas
de la gráfica. Picasso, la figura más grande de la pintura
de esta centuria, realizó el mural más significativo, “Guernica”,
con un enfoque eminentemente gráfico. Y los murales de Casterán
transitan por esos mismos rumbos.
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